Todos hemos vivido esta situación: leer un capítulo completo y, unas horas después, darnos cuenta de que recordamos muy poco.
No siempre se trata de falta de capacidad o de memoria.
Muchas veces el problema está en la forma en que aprendemos.
La educación tradicional ha privilegiado durante décadas un modelo en el que el estudiante recibe información de manera pasiva. Lee, escucha o observa, pero participa poco durante el proceso.
El aprendizaje activo propone un enfoque diferente.
¿Qué es el aprendizaje activo?
El aprendizaje activo es una metodología educativa en la que el estudiante participa constantemente mientras incorpora nuevos conocimientos.
No se limita a recibir información.
La analiza, la relaciona con conocimientos previos, responde preguntas, resuelve problemas, toma decisiones y reflexiona sobre sus respuestas.
En otras palabras, aprende haciendo.
¿Por qué funciona mejor?
Nuestro cerebro recuerda mucho mejor aquello con lo que interactúa.
Cuando solamente leemos un texto, existe el riesgo de convertirnos en observadores pasivos.
En cambio, cuando debemos resolver una situación, responder una pregunta o analizar un caso, el cerebro necesita comprender la información antes de utilizarla.
Ese esfuerzo fortalece el aprendizaje.
No se trata de memorizar.
Se trata de entender.
El error también enseña
Uno de los aspectos más interesantes del aprendizaje activo es que el error deja de verse como un fracaso.
Cuando una actividad ofrece retroalimentación inmediata, el estudiante puede identificar rápidamente qué concepto interpretó de manera incorrecta y comprender el motivo.
Corregir un error en el momento oportuno suele generar un aprendizaje mucho más sólido que simplemente conocer la respuesta correcta.
Un ejemplo sencillo
Imaginemos una clase sobre grupos sanguíneos.
En un modelo tradicional, el estudiante leerá las características de cada grupo y luego intentará recordarlas durante un examen.
En un modelo de aprendizaje activo, después de cada explicación deberá resolver pequeños desafíos, identificar compatibilidades, responder preguntas y analizar situaciones clínicas.
Mientras avanza, irá comprobando si realmente comprendió el tema.
La diferencia no está únicamente en la cantidad de información.
Está en la forma en que esa información se procesa.
Tecnología al servicio del aprendizaje
Las plataformas educativas actuales permiten incorporar múltiples recursos para favorecer el aprendizaje activo.
Preguntas autocorregibles, actividades interactivas, casos clínicos, simulaciones, imágenes dinámicas y ejercicios prácticos son solo algunas de las herramientas disponibles.
La tecnología no reemplaza al docente.
Le brinda nuevas posibilidades para enseñar.
Una educación más participativa
El objetivo de una clase ya no es únicamente transmitir conocimientos.
También debe generar experiencias que inviten al estudiante a pensar, analizar y construir respuestas propias.
Cuando el alumno participa, pregunta, resuelve y experimenta, el aprendizaje deja de ser una actividad pasiva para convertirse en una experiencia significativa.
Aprender es participar
La educación del futuro probablemente no estará definida por la cantidad de contenido disponible, sino por la calidad de las experiencias de aprendizaje que podamos ofrecer.
El conocimiento sigue siendo el mismo.
Lo que cambia es la manera de descubrirlo.
Y cuanto más participa el estudiante, mayores son las posibilidades de comprender, recordar y aplicar lo aprendido en la vida real.